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Artigo: El latido de Ridimoas un año después del fuego

  • hace 5 días
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Actualizado: hace 1 día

Compartimos a continuación o artigo publicado onte no Faro de Vigo sobre o bosque Ridimoas.



El latido de Ridimoas: un año después del fuego en la «última selva» de O Ribeiro


Tras el incendio que en agosto de 2025 entró al bosque, este verano la reserva botánica afronta la sequía y la muerte diferida de parte de sus árboles por esta causa, mientras protege la fauna y apuesta por una recuperación sin prisas


Oitavén, con su cuaderno de apuntes, mostrando desde la iglesia de Beade la cicatriz del fuego en la parte alta de Ridimoas


El Bosque de Ridimoas, considerado durante más de tres décadas el gran pulmón ecológico de la comarca de O Ribeiro, ofrece hoy un paisaje dual: una herida negra de ceniza en su parte alta y un reducto de vida verde e in extremis que resiste en la hondonada. Fundado hace más de treinta años por la asociación vecinal homónima, este espacio de gestión comunitaria representa un modelo de conservación y biodiversidad único en el territorio gallego. Un espacio que el 15 de agosto de 2025 fue víctima de las llamas, en medio de la gran ola de incendios que afectó a la práctica totalidad de la provincia, y, ahora, un año más tarde trabaja en recuperarse.


El bosque no se cura solo. Al frente de su recuperación trabaja el ideólogo del proyecto, Pablo Oitavén, el maestro de 76 años que ha dedicado medio siglo a levantar esta reserva botánica con un esfuerzo diario y muchas lecciones anotadas en pequeños cuadernos.


Entre las líneas de sus agendas, los datos de miles de días entre árboles: «hoy se cumplen exactamente 56 días consecutivos sin que caiga una sola gota de lluvia en la comarca de O Ribeiro, la última vez fue el 25 de junio», dice señalando sus apuntes porque «los árboles caducifolios necesitan acumular mucha fuerza durante el verano, almacenar reservas hídricas y nutrientes en sus raíces para poder despertar con fuerza la primavera siguiente y si no consiguen esa fuerza por culpa de una sequía extrema como esta, sencillamente no despiertan. Estamos viendo ahora cómo robles gigantescos que sobrevivieron al fuego del año pasado se van secando y muriendo en cámara lenta ante nuestros ojos. Es una muerte diferida».


Ese es el postincendio en un pequeño paraíso de 500 hectáreas, de las que 300 aún son verdes. Desde ellas el naturalista reclama más tacto a la hora de actuar después de las llamas: «los agentes forestales son ingenieros de montes; para ellos esto no es un bosque, es un monte productor de madera. Su respuesta inmediata no puede ser ante una catástrofe meter excavadoras, abrir pistas inútiles y mover tierra, que es donde se van los presupuestos millonarios, en su lugar habría que financiar la conservación real sobre el terreno», valora.


La regla de oro en el bosque


Frente a «la prisa de las administraciones y las madereras por meter maquinaria pesada para talar y retirar la madera quemada», la estrategia de Ridimoas es contundente: «el bosque no se debe tocar durante un mínimo de cuatro o cinco años. Retirar la madera muerta de forma inmediata es un error ecológico de primera magnitud», advierte Pablo.


Tras el fuego, los troncos quemados «atraen a miles de insectos xilófagos (comedores de madera), los cuales se convierten en el sustento principal de las aves», dice poniendo en valor una práctica que recomienda realizar más allá de la reserva porque, además de beneficiar a las aves— en el caso de Ridimoas a los pájaros carpinteros cuyas perforaciones son visibles en los esqueletos de madera quemada— la retirada precipitada de los árboles elimina el anclaje físico de la ladera.


«Los troncos y las raíces muertas sostienen la tierra fértil; si se desbroza y se limpia el monte a matarrasa, la primera tormenta otoñal arrastrará por completo el suelo hasta la roca, provocando una erosión irreversible», para Oitavén lo mejor es «dejarlos pudrir de forma natural sobre el terreno para que se descompongan y vuelvan a convertirse en el humus orgánico que alimente al bosque del futuro».


Pablo Oitavén muestra uno de los árboles que los centros escolares plantaron tras el incendio.


Reforestar, pero con control


Ese «bosque del futuro» empieza con los jóvenes del presente, a los que inculcarle el valor del patrimonio natural, no solo el de Ridimoas, aunque aquí empiezan. Después de los incendios fueron muchas las propuestas que recibieron para poder reforestar el terreno. Desde la asociación aceptaron, pero marcaron los ritmos con mucha prudencia, desde los 370 días que pasaron tan solo plantaron 15 árboles, pese a tener muchas más donaciones.


«No queremos plantar miles para que mueran, a cada centro escolar que ha venido le hemos dejado plantar uno para poder cuidarlo y regarlo individualmente, como se merece».. El compromiso es tan real que, una vez superado el crítico verano, la propia asociación enviará a los niños un informe detallado con fotos para contarles cómo evolucionaron los árboles que apadrinaron en primavera, especialmente castaños y nogales porque en «esta última selva de la comarca no queremos que nos llegue alguna bellota de una casta que no sea autóctona».


Esta labor de cuidado minucioso se extiende también a la colaboración científica con diversas universidades españolas. La Universidad de Vigo donó recientemente a la reserva 20 ejemplares de acivros, alcornoques y avellanos. Para garantizar su viabilidad bajo la asfixiante sequía actual, Oitavén los mantiene en su propia casa dentro de macetas de gran tamaño para que formen un cepellón fuerte antes de introducirlos definitivamente en el monte.


Ratas congeladas, el menú


Pese a lo que pueda parecer, Ridimoas no es solo un enclave vegetal, es también el hábitat de numerosas clases de especies: 2 peces, 7 anfibios, 14 reptiles, 65 aves y 26 mamíferos, siendo estos últimos los más perjudicados por el fuego. Para evitar el colapso de las poblaciones de pequeños depredadores, como garduñas y ginetas, la directiva de «la asociación tuvo que comprar grandes cantidades de ratas congeladas, con el enorme coste económico que ello conlleva, para distribuirlas manualmente por puntos estratégicos, para que sigan pudiendo alimentarse, criarse y establecerse aquí».


La medida ha sido un éxito rotundo: las cámaras de fototrampeo instaladas junto a los bebederos de emergencia— otra de las herramientas clave— los han registrado a todos. «Podemos decir que perecieron animales, pero que sobrevivió la especie», celebra Oitavén para quien la alegría de este verano ha sido un regreso concreto: el retorno del alcotán, una rapaz migratoria en peligro de extinción que viaja anualmente desde Madagascar para criar en la reserva.


El 15 de agosto de 2025, apenas unas horas antes de que se desataran las llamas, el presidente de Ridimoas recuerda «haber escuchado por primera vez en el monte el grito de las crías recién nacidas en la copa de un pino alto», un año más tarde, a pesar de que la masa de pinos de la zona alta quedó severamente dañada, vio a las misma rapaces. «Uno solo sabe el daño que ha hecho el fuego cuando conoce con precisión científica lo que había antes en el bosque», resume.

Texto: Lucila González // Fotos: Iñaki Osorio

 
 
 

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